Si se puede evitar, no es un accidente

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Una familia va paseando en su auto. Se ven felices, tranquilos. De repente, otro auto se cruza de forma imprudente, y provoca el choque. El suceso hace desaparecer la prosperidad de los ocupantes en un instante. Las personas que uno más quiere y cuida, se ven envueltas en un final trágico. La propaganda termina con el slogan: “Si se puede evitar, no es un accidente”. Se refiere al cinturón de seguridad para salvar vidas. También a nuestra prudencia a la hora conducir aunque no podamos influir sobre la imprudencia de los otros. Las amenazas nos afectan a todos, lo importante es lo que hacemos cada uno de nosotros para evitar o disminuir el impacto. Lo que hagamos frente a las amenazas, puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Tanto en la vida misma, como profesa la propaganda, como en los negocios.

La propaganda intenta hacernos tomar conciencia de lo que puede ocurrir si no tomamos las medidas necesarias. Hace un tiempo, me pasó algo similar por el lado de los negocios, que me hizo recordar esta propaganda. Desde entonces, me sirve como ejemplo para explicar por qué invertimos en algunas empresas, y por qué desistimos de invertir en otras. Se lo comparto a continuación.

Hace aproximadamente 18 meses, me junté individualmente con los fundadores de 2 empresas para evaluar la posibilidad de invertir. Fueron 2 entre una decena de fundadores con los que me había tocado juntarme en esos días. No había nada relacionado entre ellos, excepto que ambos venían con proyectos de muy alto potencial. Buenas ideas, buena experiencia y buen perfil de los emprendedores. A simple vista, ambos tenían excelentes condiciones. Con cada uno tuvimos sucesivas interacciones por mail y en forma presencial. En el proceso, empecé tener una gran inclinación por uno ellos por su racionalidad, su profesionalidad en la forma de dirigir su empresa, y al mismo tiempo, por su calidez y apertura en conversar todos los aspectos que fueran necesarios para avanzar con una posible inversión. Al mismo tiempo, empecé a sentirme algo alejado del otro fundador por demoras y desprolijidades en la interacción. No me sentía muy cómodo. El proyecto era muy bueno, pero por alguna razón que no sabría explicar, no me sentía completamente tranquilo. Como conclusión, terminamos invirtiendo en el primero de los proyectos y decidimos abstenernos de invertir en el segundo sin una razón contundente. Los nombres de las empresas no tienen ninguna relevancia en el análisis de este caso.

Un año después, sucedió algo que me hizo relacionar a estas 2 empresas por primera vez. En la misma semana recibí noticias de cada una de ellas en torno a un mismo desafío.

Por un lado, me entero por los medios que la justicia había ordenado a una de estas empresas dejar de usar su marca actual porque provocaba confusión entre los consumidores por parecerse a la de su competencia. Esta disputa había estado vigente durante un tiempo hasta dirimirse en la semana en cuestión. Como podrá imaginarse, esto provocó un terremoto de tal magnitud en el negocio, que la empresa quedó herida de muerte.

Por otro lado, al día siguiente de recibir la noticia anterior, recibo un mail de la otra empresa que en síntesis decía: “Hace 2 meses recibimos un reclamo de una marca más antigua que la nuestra que manifiesta que ambos nombres se parecen y nuestros negocios están en rubros similares. Nosotros tenemos argumentos suficientes para demostrar que nuestra marca no es confundible con la de la competencia. Sin embargo, hemos decidido ser proactivos y diseñar una nueva marca. Hemos trabajado estos últimos 2 meses en la planificación de la transición hacia la nueva marca. Prevemos un leve descenso de las ventas en las primeras semanas posteriores al cambio, pero estimamos que en 45 días volveremos a los niveles habituales. Seguiremos defendiendo los derechos de uso sobre la marca anterior. Sin embargo, hoy hemos relanzado nuestro negocio con la nueva marca”. Dicho y hecho: a poco más de un mes del cambio, la empresa había vuelto a los niveles proyectados de ventas gracias a una rápida y cuidadosa transición pensada para evitar cualquier herida de muerte. Sin dudas, este es el tipo de empresas en las que queremos estar, y esa es la razón por la que volvimos a invertir en ella desde el fondo SV Global Fund III. Próximamente estaremos compartiendo su nombre.

Desde entonces, personalmente uso este ejemplo para graficar la importancia de las personas en el negocio cuando hablo con inversores. Así como la propaganda intenta concientizar sobre los peligros a los que están expuestos los conductores de una forma gráfica, estos ejemplos nos permiten compartir, con casos concretos, a qué estamos expuestos los inversores al subirnos a una empresa que está principalmente manejada por otras personas. Me parece fascinante ver cómo distintos fundadores toman acciones diferentes ante el mismo desafío. Hoy, una de las empresas no existe, y la otra vale un par de decenas de millones de dólares. La forma de atender a los riesgos hace la diferencia entre la vida y la muerte. No se trata de no tener amenazas, sino de manejarlas adecuadamente. Tal como en el caso del tránsito, a veces no podemos evitar que los choques sucedan, pero a veces está a nuestro alcance la posibilidad de atenuar el impacto.

En Twitter @sportega

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