No subestime a quien no tiene nada que perder

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En estas épocas de alta volatilidad, es cada vez más común ver empresas que caen, como comenta este artículo de la revista Fortune o CEOs que renuncian como en el caso de Lending Club (ver artículo en el Wall Street Journal). Tal como usted se imagina, siempre hay un motivo razonable detrás de cada uno de esos hechos. Aún cuando se analizan estos casos a post-mortem, se mire por donde se lo mire, ni las mentes más privilegiadas del mundo hubieran podido encontrar alternativa a lo sucedido. Pero curiosamente, muchas veces ocurre que se llegan a estas situaciones por motivos que sí son evitables, pero de los que normalmente no se habla. Esto afecta a compañías de todos los tamaños porque la cuestión no está en el problema, sino en las personas. Le cuento.

Invertir en un emprendimiento implica apostar a que los emprendedores harán un buen trabajo llevando el negocio adelante. Los emprendedores estarán allí trabajando día a día, tanto en lo operativo como en lo estratégico, esforzándose al máximo y asumiendo riesgos. Puede que el negocio sea bueno, pero de nada vale sin la motivación y las capacidades de quienes lo conducen. Usted aporta lo suyo: un capital que logró juntarlo gracias a su propio esfuerzo, para que el emprendimiento en el que usted invirtió tenga el financiamiento necesario para ejecutar su plan y crecer en valor. Así, todos ganan. Esa es la idea.

Usted podría pensar que el emprendedor es su socio, pero siendo un poco más exquisitos con el análisis, es mucho más que eso. A menos que haya usted acordado lo contrario, el emprendedor tomará las decisiones que más se ajusten a los intereses de los dueños, y entre ellos está usted. Es decir, el emprendedor termina siendo quien lo representa a usted en la compañía. Esto, en la jerga de los negocios, se conoce como “El problema del agente-principal”, donde otro (el agente) toma decisiones representando los intereses de un tercero (el principal).

Ahora imagine que el emprendedor confía ciegamente en el producto que fabrica y por ello decide utilizar todo el dinero del emprendimiento en una campaña de marketing que, según él, permitirá a la empresa crecer un 200% en ventas. No hay dudas que eso es lo que usted también desea para que el emprendimiento crezca y se siga revalorizando su inversión. Pero resulta que la campaña de marketing falla. Tal vez porque fue mal diseñada, o porque fue lanzada en un momento poco oportuno, o por lo que sea. En cualquier caso, el emprendimiento se queda sin dinero para poder solventar sus operaciones básicas, resultando en una “quiebra”, en donde los trabajadores quedan desempleados y los acreedores sin cobrar. Usted, por supuesto, pierde el 100% del dinero invertido allí. Es más que entendible que una compañía falle, luego de fallar en una apuesta tan grande. Eso es fácil de explicar. Lo difícil es entender si realmente valía la pena el riesgo asumido al momento de decidir lanzar esa campaña.

Una forma de alinear intereses entre el emprendedor y el inversor (es decir, el “agente” y el “principal”) es ponerse de acuerdo en repartir las ganancias. Así, cuando la decisión es buena, les va bien a todos en forma proporcional. Pero en caso de pérdidas, cada uno pierde en forma desigual.

¿Qué haría para que esto no le vuelva a suceder?

Si tiene influencia suficiente, podría pedir que se le consulte a usted todas las decisiones estratégicas, pero en ese caso tendría que empezar a involucrarse activamente en la dinámica del emprendimiento. Lo mejor es conocer a fondo a quien toma las decisiones críticas, y si pudiera, evitar un tipo de persona: aquella que no tiene nada que perder.

Si quien toma las decisiones no pierde dinero, reputación, standard de vida o su orgullo por sus consecuencias negativas, probablemente se anime a tomar mucho más riesgo que aquel que se enfoque en cuidar el futuro de la empresa. Alguien con poco interés sobre el futuro de la compañía podría pensar: “Si sale bien esta apuesta, tengo mucho por ganar, y si sale mal, lo peor que puede pasar es que tener que seguir como antes de emprender”. O sea, tomando riesgo excesivo, tiene mucho por ganar y poco por perder. Aunque usted, como inversor, sí tiene su capital por perder. Esto es un claro incentivo a tomar riesgo excesivo, y pasa en todos los órdenes de la vida, imagínese un caso extremo: usted estaría mucho más dispuesto a jugar a la lotería si el dinero no fuese suyo (ej, regalado, encontrado), que cuando el dinero sí es suyo.

Lo engañoso en este tema, es que las personas que ya tienen “muchostatus, dinero, e incluso éxitos anteriores, también tienen poco para perder como emprendedores. Un fracaso no les cambia lo que ya consiguieron. Peor aún, una crisis que haga peligrar la comodidad que el emprendedor supo conseguir para su vida, puede precipitar el abandono del emprendimiento. Si la relación “costo vs. beneficio” no es satisfactoria, estará tentado a irse en busca de mejores situaciones, y una forma de precipitar “naturalmente” una salida, es tomando riesgo excesivo. Con riesgo excesivo, es cuestión de tiempo para que las cosas vayan suficientemente mal.

Es muy saludable cuando un emprendedor tiene una visión para perseguir más allá del status individual o los desafíos. Es una buena señal que el emprendedor invierta también su propio dinero allí, que tenga empatía por quienes trabajan para el emprendimiento, sus proveedores, sus inversores. Es fundamental entender qué lo motiva para hacer lo que hace. Y si la respuesta del emprendedor no fuera satisfactoria, mejor evitar subirse a ese barco y esperar a la próxima oportunidad. La mejor forma de salirse de los problemas, es no entrando en ellos.

En Twitter @sportega

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