La fórmula mágica

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Hoy quisiera volver sobre un tema en respuesta a algunas reacciones adversas que generó el newsletter de la semana pasada: “Nueva inversión y polémica”. Ahí planteábamos un dilema entre la cantidad de información que comparte una empresa y su verdadero potencial.

Entre otras cosas, recibí un tweet de un inversor a quien conozco, respeto y valoro, que me escribió que “[…] En última instancia, los inversores pequeños siempre pierden”. Lo que yo intentaba reflejar en el news anterior es que sí se genera una grieta entre distintos tipos de inversores diferentes, y que, en el largo plazo, a algunos les iba a ir mejor que a los otros. Sin embargo, lo que separaba a estos dos grupos no era el tamaño, sino algo bastante menos evidente, y que muy pocos se sienten cómodos de aceptar.

Pero antes de contarle qué es, quiero compartirle una noticia relacionada.

Lo que gana en décadas, lo pierde en días

Resulta que por estos días, el organismo que fiscaliza todo lo relacionado al ámbito de las inversiones en Estados Unidos (SEC) multó a uno de los más grandes y respetados inversores de allí por ganar dinero con inversiones de las que tenía información privilegiada.

Se trata de Leon Cooperman, que maneja USD 5.5 mil millones a través de su fondo Omega Advisors. Él mismo tiene una fortuna personal de más de USD 3 mil millones que logró, según él, luego de incansable esfuerzo y dedicación durante 50 años de carrera. Sin embargo, la SEC lo acusa de haberse enriquecido ilegalmente por invertir en la empresa Atlas Pipeline Partners (una empresa relacionada a la industria del petróleo) con información que no estaba al alcance del público.

Las empresas que cotizan en bolsa tienen prohibido hacer cualquier tipo de comentarios sobre la información interna (“inside information”, en inglés) antes que esté accesible a todo el público por igual: a todos, al mismo tiempo y en la misma calidad. Aún si por error alguien llegase a obtener ese tipo de información y saca provecho de eso, estaría cometiendo una violación a la ley.

En Estados Unidos esto es un escándalo. La reputación del fondo cayó en picada. Cooperman dice que no hizo nada ilegal, que sus inversiones las hizo porque confiaba en la empresa y el azar se volcó a su favor. ¿Quién tiene razón? Lo sabremos cuando avance el caso. Le comparto este artículo – en inglés – por si quiere profundizar en los detalles.

Mientras tanto, hay aquí un punto para reflexionar: en las inversiones en la bolsa, los inversores toman sus decisiones en base a información que está públicamente disponible, al mismo tiempo y en la misma calidad, para usted, para mí y para Leon Cooperman, y si alguno no respeta eso, será condenado. Sin embargo, con igualdad de información, hay inversores que tienen más éxito que otros.

La fórmula mágica

Aunque el nombre parezca un tanto fantasioso, en realidad es el término que utiliza Joel Greenblatt en su libro “El pequeño libro que le gana al mercado”. Greenblatt es nada menos que uno de los más exitosos inversores de la historia y ostenta el récord de haber logrado un 40% anual de rendimiento por 21 años (1985-2006) con su fondo Gotham Capital.

Greenblatt es profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York, la cuna profesional de Warren Buffett, donde estuve asistiendo recientemente cuando lo comentaba por aquí, y de donde Leon Cooperman, el protagonista de la historia de más arriba, egresó.

El libro de Greenblatt es un bestseller en Estados Unidos. Cuando estuve allí, no conocí inversor que no lo haya leído. Es tan didáctico que cualquiera que esté ajeno al tema lo puede entender perfectamente. De hecho, el autor asegura que lo escribió para educar sobre las inversiones a sus hijos preadolescentes.

En el libro se describe con lujo de detalle una “Fórmula Mágica”. Es una “Fórmula” porque sigue una serie de pasos sistemáticos que no requiere de ningún tipo de decisión/intervención humana. Se podría aplicar automáticamente hasta por computadora. Y es “Mágica” porque la puede implementar cualquier persona aunque no conozca nada de inversiones, ni esté a gusto con las matemáticas, y sin embargo ganar mucho dinero, tal como asegura el exitoso inversor y académico. Un día voy a compartir la “Fórmula Mágica” en alguno de los newsletters, pero es tan simple, que hasta me da vergüenza dedicarle más de un párrafo a eso.

Pero si es tan simple, ¿por qué no la usa todo el mundo para ganar fortunas con las inversiones? La respuesta la da el mismo autor en el mismo libro: porque muy poca gente tiene tolerancia a la incertidumbre y a los altibajos que implica seguir una fórmula como esa. En otras palabras, las inversiones realizadas utilizando la fórmula sufren altibajos como cualquier otra inversión en la bolsa y el inversor no sabe en qué momento se van a recuperar, y cuánto van a recuperar. Esa montaña rusa de emociones es tan fuerte para la mayoría de las personas, que pasa lo típico: las personas compran entusiasmados en las subas, y venden con miedo en las bajas… justo lo contrario a lo que hay que hacer.

La “Fórmula Mágica” que describe Greenblatt existe. Lo que no existe es suficiente cantidad de personas que puedan aguantar sus condiciones, aún conociendo al detalle su funcionamiento. Esta situación divide a los inversores en dos grandes grupos: los que pueden dominar sus emociones, y los que no. Los primeros tienen más chances (muchas más chances) de ser exitosos con sus inversiones que los segundos. Es más, las personas que no dominan sus emociones, pueden incluso perder dinero intentando implementar la “Fórmula Mágica”.

La parte decepcionante es que no hay una solución mágica para los inversores que necesitan certezas o para los que son aversos a los vaivenes. Fue siempre así, y lo seguirá siendo, porque es una condición humana. El miedo es una respuesta evolutiva ante el peligro y funciona de una manera inconsciente. El miedo ayudó al hombre a salvarse de situaciones que ponían en riesgo su vida, pero genera reflejos incorrectos en situaciones de inversión que sólo pueden dominarse desde la razón.

Tal como intentaba reflexionar en la columna pasada, habrá una brecha cada vez más grande entre dos tipos muy diferentes de inversores. Pero esa diferenciación no tiene que ver con el tamaño de su bolsillo sino con la capacidad de despegar sus emociones de sus inversiones. Esto mismo es lo que intentaba comentarle a mi amigo inversor por Twitter, aunque sabía que no me alcanzarían los 140 caracteres para hacerlo.

En Twitter @sportega

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