Cómo seguir las inversiones en startups

Esta es una época donde el año empieza a despertarse y revisamos los avances de la cartera. Es el momento en que reflexionamos junto con los inversores sobre cómo está yendo todo. Por eso, en esta oportunidad repasamos las herramientas más utilizadas a la hora de analizar tanto las inversiones que hacemos desde South Ventures como todas las inversiones en general. Es algo así como una guía práctica sobre las inversiones en empresas que nos ayuda a entender qué podemos esperar de ellas y a resolver algunas preguntas.

 

Cómo saber cómo va una inversión

Una de las principales características de las inversiones en startups es que no cotizan en bolsa. Esta característica no es ni buena ni mala, pero el inversor tiene el trabajo adicional de tener que aprender y acostumbrarse a ello y por eso vale la pena saber cómo estar preparados y qué esperar de sus inversiones.

La parte alentadora es que una startup es una empresa de alto potencial que cuenta con la particularidad de encontrarse en una etapa temprana de su vida. No es un activo “inclasificable” o nuevo. Es algo bastante parecido a cualquier otra empresa que ya conocemos, solo que es joven y está diseñada desde su concepción para llegar alto, por tanto, podemos aplicar casi toda la experiencia y el conocimiento con el que contamos para evaluar cualquier otra inversión.

 

Precio es lo que pagas, valor es lo que obtienes

Tanto en las empresas que cotizan en bolsa como en las que no cotizan, hay una diferencia importante entre el concepto de precio y valor. El valor puede ser impreciso y subjetivo, el precio es un número concreto que se utiliza en una transacción. ¿Cuántas veces habrá escuchado a alguien decir que una casa se vendió a mucho menos (o a mucho más) de lo que vale? Lo mismo ocurre con la empresas.

Un inversor puede estimar el valor intrínseco de una empresa a partir de su potencial de crecimiento, las personas que la conducen, los riesgos, etc. Por otro lado, es el mercado el que, por efecto de la oferta y la demanda, va estableciendo precios que sirven para concretar una transacción de compra/venta. El valor y el precio de una empresa puede no coincidir: hace poco comentábamos cómo el precio de Snap (la compañía dueña de la aplicación Snapchat) aumentó en un 50% en solo dos días y luego lo perdió en la semana siguiente, mientras que durante ese período el valor intrínseco no cambió.  

En un mercado de valores existen muchísimos oferentes y demandantes. Son, literalmente, millones de actores, incluyendo inversores profesionales sofisticados, que van formando el precio de las acciones que van pasando de una mano a la otra. Aún entre tantos profesionales, muchas veces el precio llega a desviarse (y mucho) del valor intrínseco de una empresa. Es ahí cuando el inversor preparado tiene que ignorar el ruido informativo que provoca el precio y aprovechar las verdaderas oportunidades. Sin embargo, es un hecho que a la mayoría de las personas le gusta más mirar el precio de las acciones que tomarse el trabajo del calcular el valor intrínseco de una empresa. Philip Fisher suele decir que “el mercado de valores (paradójicamente) está lleno de individuos que conocen el precio de todo y el valor de nada”, y esto frecuentemente se traduce en costosísimos errores, especialmente cuando alguien compra una acción cuyo precio es muy superior al de su valor. De ahí la frase de Charlie Munger que dice:

Es sorprendente cuánta ventaja a largo plazo ha obtenido la gente como nosotros tratando de evitar ser estúpidos, en vez de tratar de ser muy inteligentes

 

Las empresas de alto potencial que se encuentran en su etapa inicial (las startups) suelen ser evaluadas de la misma manera. Para poder estimar su valor es necesario entender su potencial de crecimiento, su equipo de administración, sus riesgos, etc. ¿Suena familiar? Es exactamente lo mismo que para el caso de las empresas que cotizan en bolsa, pero a diferencia de ellas, el precio se determina a través de un mecanismo distinto. Le cuento a continuación.  

La ronda de inversión

Cuando una empresa no cotiza en la bolsa de valores, existen otros atajos para obtener un precio de referencia. Uno de los mecanismos más conservadores es tomar el precio de una compañía a partir de lo que surge de la última ronda de inversión.

¿Qué es una ronda de inversión? Se lo describo rápidamente: cuando una empresa sale a la búsqueda de capital, tiene contacto con varios inversores interesados en aportar dinero a cambio de una participación en la compañía. Con cada uno de ellos conversa (o negocia) un precio tentativo. Quienes estén de acuerdo con el precio seguirán manteniendo conversaciones, y quienes estén en desacuerdo, se retirarán. La empresa, en conjunto con los inversores más interesados, va arribando a un precio que satisface a todo el conjunto de inversores para aportar el capital que necesita la empresa. El precio final será para todos por igual.

Cuando llega el día en que se materializa la inversión, ¡voilá! Queda fijado un precio que sirve para todos los inversores que participaron y también para todos los otros que quieren utilizar esa información como referencia. Este proceso es conocido como ronda de inversión y la empresa pasa por esta situación unas cuatro o cinco veces en su vida hasta que llega a la madurez.

De esta realidad, podemos llegar a una conclusión importante: las empresas privadas (que no cotizan en la bolsa de valores) pueden establecer un precio objetivo en muy pocas ocasiones a lo largo de su vida. Entre una y otra pueden pasar años, y en cada una, puede ocurrir que el precio cambie dramáticamente. Por ejemplo, después de dos años sin movimientos, una empresa puede revalorizarse un 100% de una ronda de inversión a la otra. A diferencia de un mercado de valores que ofrece una cotización que cambia segundo a segundo, las empresas privadas se mantienen sin cambios por años y de repente muestran un cambio que refleja toda la evolución de golpe. Esto… ¿es mejor o peor que el caso de una empresa que cotiza en bolsa?

Muchos inversores probablemente digan que esto es peor, ya que la bolsa de valores da un precio actualizado, y cada inversor tiene la posibilidad de entrar y salir de la inversión en un segundo.

En nuestra opinión, esta realidad no cambia en nada la manera en que se considera  la inversión. Tanto si la empresa cotiza en bolsa como si no lo hace, una buena inversión logra sus frutos cuando se la sostiene en el largo plazo. Dado que las empresas reinvierten sus utilidades para acelerar su crecimiento, se logra un efecto sorprendente cuando uno permite que los resultados positivos se acumulen, y los vaivenes de corto plazo se neutralicen.

Esta es la manera en que Warren Buffett consiguió, con ganancias de “solo” el 19% anual compuesto a lo largo de 52 años, el impresionante récord de 2.000.000%, esto implica haber mantenido inversiones por 30 años como la de Coca-Cola (en la que invirtió en 1987). Como contrapartida, están los millones de inversores que compran y venden sus acciones en menos de una semana con cuestionables resultados, y revisan sus cotizaciones varias veces al día. ¿Acaso esas mismas personas se acercan todas las semanas a la inmobiliaria de su confianza a preguntar cuánto se ha valorado su propiedad en los últimos días?  

El mejor método para estimar el crecimiento de valor de una inversión es mediante la observación de sus fundamentos (¿la empresa ofrece algo que la gente valora y paga por ello?), su potencial a futuro (¿aumentará la demanda de este producto/servicio en 10 años?), su equipo de gestión (¿podrán estas personas liderar la empresa para que alcance su máximo potencial?). Si todo eso está en orden, entonces solo resta ajustar las expectativas para el largo plazo y esperar a que este potencial se desarrolle sin estar pendiente de los precios. En el corto plazo, los precios pueden no reflejar el verdadero valor de una empresa (y esto es lo que ocurre necesariamente en las startups por su naturaleza, tal como comentábamos anteriormente), pero en el largo plazo, los precios convergen a su valor intrínseco.

Obtener ganancias con este método, que es el que ofrece más evidencia de funcionar en el largo plazo, implica aprender a discriminar las empresas buenas de las malas, y permitir que el tiempo haga lo suyo.

¿Es ésta la única alternativa para hacer el seguimiento? Siempre hay opciones, y cada uno adopta la que mejor le cabe para su situación.

 

Valor de Libros vs. Valor Justo

El método que describimos anteriormente, que consiste en tomar el valor de una empresa de acuerdo a su ronda de inversión, es la más conservadora, pero también es una de las más difíciles de seguir. En un mundo donde las aplicaciones y los periódicos presentan los cambios de precios en tiempo real, hablar de años de paciencia parece poco realista.

Lo anterior se considera como método de “Valor de Libros” en el sentido en que este valor es prácticamente el valor contable de cada inversión.

Sin embargo, existen muchas organizaciones que toman un criterio distinto: cuando un fondo de inversión ve mejorar o empeorar los fundamentos de una empresa, el inversor usa como referencia el precio que considera más “razonable” o “justo” para esa empresa. Esto es lo que se considera “Precio Justo” o “Fair Price” en inglés. Por ejemplo: cuando el inversor realizó una inversión en una empresa privada, la empresa valía USD 3 millones. Imaginemos que luego de un año la empresa aumenta sus ventas en un 100%, entonces el inversor asigna a su inversión un revalúo de 100% asumiendo que ahora la empresa valdría USD 6 millones aunque nadie haya pagado nada por eso.

Este último método es un tanto cuestionable porque en el caso de las startups la revaluación de las empresas queda a discreción de la misma persona que tiene que presentar los resultados (y su éxito) y está sujeto a su optimismo/expectativas. Sin embargo, tiene la ventaja de ir reflejando precios en forma más dinámica (¡a las personas les fascina mirar precios!) que el método de Valor de Libros que implica quedarse con un precio de pocas variaciones hasta que existan importantes sucesos. De hecho, estamos analizando la posibilidad de adoptarlo en un futuro cercano, pero todavía estamos trabajando en un criterio justo y transparente para hacer las valuaciones sin depender tanto de la subjetividad de las personas.

¿Por qué escribimos todo esto? Porque esto hace a la formación del buen inversor. Con estos conceptos en mente, es más fácil juzgar las inversiones, tener mejores resultados, mejores expectativas. Se hace más fácil comparar resultados entre distintos inversores y entender cómo piensan en función de cómo muestran sus resultados.

Tal vez el tema de hoy es más largo que de costumbre, tiene un tono más serio, más aburrido (cosa que vamos a estar tratando en los próximos artículos), pero busca mejorar el bienestar como inversor y ayuda a tener una mejor apreciación de las oportunidades que se nos presentan de cara al futuro. Ya sea para empresas que cotizan en bolsa como para empresas privadas (incluyendo startups) la filosofía es la misma, e implementarla adecuadamente depende de cada una. Esto es lo que hacen los mejores inversores del mundo.

 

En Twitter @sportega

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