La jugada maestra

A raíz del artículo de la semana pasada tuve un intercambio de emails con Pablo, un activo inversor con gran experiencia en el mundo de la tecnología, en donde planteó la siguiente inquietud: ¿cómo pasar de pequeño a gran inversor? O, en sus palabras, ¿cómo pasar a las “grandes ligas”?

Aprovechando que teníamos confianza, me tomé el atrevimiento de jugar con el tema y le respondí que puede haber diferentes formas. Una es casarse con alguien por dinero: sería una forma rápida y segura, pero poco satisfactoria. Otra es comprar billetes de lotería (o apostar a los movimientos de corto plazo en la bolsa, que es prácticamente lo mismo aunque menos divertido): tal vez tengamos suerte algún día, pero no es garantizado. La forma más segura y satisfactoria de lograrlo, es invertir disciplinadamente a lo largo del tiempo.

Claramente, nosotros adherimos a la última opción. El problema con este método es, justamente, el tiempo.

Para quien se encuentra por primera vez con el infinito mundo de las inversiones cuando ya está transitando por su mediana edad, la experiencia puede ser frustrante: la persona se siente inspirada por quienes lograron invertir con éxito y quiere imitar sus resultados pero en la cuarta parte del tiempo. Algo así como quedarse dormido para salir de vacaciones, y después querer llegar de Buenos Aires a Mar del Plata en una hora y media. ¡No se puede! O al menos no se puede sin arriesgarlo todo.

En las inversiones, el tiempo es indispensable para la obtención de los resultados. “No puedes gestar un bebé en un mes por más que cuentes con 9 mujeres embarazadas”, dice nuestro siempre presente mentor, Warren Buffett. Por tanto,

aún en la búsqueda de dinero, nuestro foco no debería estar puesto solo en el dinero, sino en dedicar todo nuestro esfuerzo a conseguir ese único recurso escaso que permite generarlo y que no se puede comprar: el tiempo

Sin embargo, a veces hacemos cosas que van exactamente en la dirección contraria. Lo graficaré con un ejemplo.

Muchas personas dedican los primeros años de su carrera laboral a comprar su casa. Cada centavo que ingresa tiene ese único destino. Esto es así por años o incluso décadas. Cuando una persona finalmente logra tener la casa propia, deja inmovilizado allí un capital enorme que probablemente represente el 80% de todo su patrimonio. Pero es un gran paso. La persona tiene algo seguro y se siente orgullosa. Es momento de definir el próximo objetivo en donde destinar cada nuevo centavo que ingrese.

Piensa en su futuro y en el de su familia. Toma una calculadora, hace estimaciones y descubre que si pudiera obtener un rendimiento promedio de 26.6% por año (algo que no está fuera de la realidad) podría multiplicar su dinero por 10, cada 10 años. Es decir: si tuviera $100.000, en una década tendría $1 millón, en la siguiente $10 millones, en la siguiente $100 millones y así seguiría. “¿Es magia?”, se pregunta. “No, es el poder del interés compuesto… algo que debería ser nombrado la octava maravilla del mundo”, le respondería el Oráculo de Omaha, quien en sus primeras décadas consiguió rendimientos promedio superiores al 25% anual.   

La persona de nuestro ejemplo piensa y repiensa por un rato hasta que encuentra algo que la frustra. La fórmula del 26.6% es fantástica, pero siente que está arrancando tarde y con poco capital. En efecto, está arrancando dos décadas después del inicio de su carrera laboral, por tanto se le ha escapado la posibilidad de agregarle otros dos ‘ceros’ a su patrimonio (multiplicar por 10 en la primera década, y nuevamente por 10 en la segunda). También es cierto que cuenta con poco capital para invertir. Pero no es porque no lo tenga, sino porque lo tiene inmovilizado en su casa, a la que le dedicó los ingresos de las últimas dos décadas. Entonces, si comenzara hoy con $1.000 en cambio de $100.000, le tomará además otras dos décadas alcanzar el punto de partida que imaginaba en sus cálculos. Lamentablemente, nuestro paso por el mundo no está dotado de las décadas necesarias para poder esperar todo eso.

Para ilustrar lo que sí es recomendable hacer, me gustaría compartir un caso que fue recientemente confesado por el mejor inversor del mundo.

 

La jugada maestra

En el año 1971, cuando Warren Buffett tenía 41 años, su entonces mujer, Susan, propuso comprar una casa en la playa donde pasar las vacaciones familiares, tal como lo describe su biografía “Buffett: The Making of an American Capitalist”. Eligieron una casa sin lujos en Laguna Beach que costaba unos USD 150.000, y como Buffett estaba en los inicios de su carrera, pidió un crédito hipotecario a 30 años en la Great Western Savings and Loans por USD 120.000.

En febrero de este año, esta casa fue noticia por aparecer publicada a la venta (puede ver la noticia aquí). La razón: Buffett no volvió a usarla desde que su esposa Susan falleció en el año 2004. El precio: USD 11 millones. Los elogios no tardaron en llegar. Los analistas comenzaron a hacer cálculos y a destacar la gran jugada que hizo Buffett al comprar algo por la centésima parte de lo que vale hoy.

Sin embargo, tal como suele suceder en las mejores inversiones, lo evidente no tiene  nada que ver con lo importante. Si bien es cierto que la propiedad experimentó una revalorización desde su compra, también es cierto que en gran parte se debió a las múltiples remodelaciones y ampliaciones que recibió mientras estuvo en manos de la familia del magnate. Para él, la casa no fue una inversión en sí misma, pero sí lo que hizo con el dinero que consiguió prestado.

Por ese mismo año, 1971, y mientras la familia demandaba una casa para vacacionar, Buffett destinaba cada centavo que tenía a comprar acciones de una alicaída empresa textil de la que se había hecho cargo muy pocos años atrás: Berkshire Hathaway. Por entonces, cada acción costaba alrededor de USD 40; hoy, cerca de USD 250.000 cada una. “He comprado unas 3.000 acciones de Berkshire con lo que conservé gracias al crédito; lo que equivale a USD 750 millones hoy”, dijo Buffett la semana pasada en una entrevista. “Pensé que tal vez podía hacer algo mejor con ese dinero que destinarlo a la compra de una casa”, agregó refiriéndose a que, gracias al préstamo, pudo destinar USD 120.000 a Berkshire Hathaway cuando tenía 41 años de edad. De esta manera obtuvo un retorno de 500.000%, es decir, quinientos mil por ciento (suelo aclararlo en letras porque a veces me consultan si tuve un error de ‘tipeo’ en el número).

Esta “jugada maestra“ funciona únicamente cuando se emplean métodos de inversión que cuentan con sobrada evidencia de eficacia, tal como las que se hacen en forma disciplinada a lo largo del tiempo.

¿Qué pasaría si otro inversor, ante la misma situación, quisiera imitar a Buffett en un menor tiempo solicitando un préstamo para apostarlo todo en inversiones de muy alto riesgo? Es posible que tenga suerte y le vaya bien, en cuyo caso lograría su objetivo y pasaría a ser considerado como el “Gurú” de las inversiones. Pero también es posible que le vaya mal y que no solo pierda el dinero recibido, sino que además deba soportar varios años de inconvenientes financieros ante la imposibilidad de devolver el préstamo, quitando casi toda chance de volver a intentarlo.

Entonces, volvemos a la consulta original sobre cómo pasar a la “grandes ligas”. La forma más segura y satisfactoria de lograrlo es invirtiendo disciplinadamente a lo largo del tiempo, pero el tiempo es un recurso escaso. Entonces, ¿cómo podemos ganar tiempo? Evitando todo aquello que inmovilice capital y que podría destinarse para invertir. De esta forma podemos empezar casi dos décadas antes.

El problema, me dirá, es que estamos educados para enfocarnos primero en la casa propia y las inversiones vienen mucho después en la lista de prioridades. Pero este último tema, diría, no tiene que ver con un razonamiento económico sino con la imposibilidad de romper estructuras que residen dentro de uno mismo, y que abordaremos en algún próximo artículo.

 

En Twitter @sportega

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