Mi vecino tiene un auto mejor… ¿y qué?

Nuestro cerebro está diseñado para ahorrar energía. Consume nada menos que el 20% de la energía corporal y cuando recibe información que se parece a la que ya conoce, activa mecanismos neuronales para evitar el gasto energético que supone el aprendizaje. En castellano: cuando cree saber algo, deja de aprender para ahorrar energía y, en cambio, crea “atajos”. Al cerebro le encantan los “atajos”. Le encanta saber de cosas rápidamente sin tener que hacer el esfuerzo de pensar. Le gusta recibir gratificaciones, siempre y cuando no tenga que pagar costos. No es que sea perezoso, sino que simplemente “está ahorrando”. El problema, desde lo que a nosotros nos importa, se da cuando estos atajos engañan al cerebro haciéndole crecer que puede ganar dinero, cuando en realidad tiene el 99.99% de chances de perder. Si no, mire lo que ocurre con los jugadores de la lotería.

La trampa del “atajo”

Le comparto una situación real que ocurrió hace relativamente poco tiempo.

La CNN tituló: “La acción de Amazon cae por decepción en sus ganancias”.

Mucha gente está inmersa en la vorágine del día a día, pensando en sus propias cosas, cuando de repente, al pasar, descubre a través de su teléfono que la acción de Amazon bajó un 4% porque la acción -tal como dice el título de la nota-  “cayó por decepción en sus ganancias”. Todo tiene sentido. La noticia es clara. No quedan dudas. Uno rápidamente asocia que cuando una acción no satisface las expectativas de los analistas, no le queda otro camino que caer. Aquí el cerebro crea un “atajo”, una regla simplificadora con una causa y un efecto concreto, una heurística que le ahorra al cerebro el gasto que le insume aprender algo nuevo. La próxima vez que vea bajar el precio de una acción cualquiera, probablemente asuma que fue a causa de una decepción en sus ganancias.

Sin embargo, las magras ganancias no son necesariamente una mala noticia. A veces puede deberse a que la empresa gastó dinero para comprar nuevos servidores o desarrollar más tecnología que, por supuesto, le permitirá tener mayores retornos en el futuro e incrementar su valor de mercado. Por tanto, el precio de la acción debería subir en vez de bajar. Este atajo que nos creamos sin haber sido conscientes, funciona como una especie de “prejuicio bursátil” que nos hace llegar a conclusiones erradas. Peor aún, como nuestro cerebro cree haber comprendido la situación rápidamente, no se esfuerza en analizarla.

Se lo cuento con un ejemplo más gráfico.

Imagine que usted cuenta con USD 50.000 en efectivo gracias al fruto de su trabajo y buenas decisiones de inversión. Usted necesita comprarse un automóvil, y elige uno que cuesta USD 25.000. Llega a su casa con su nueva adquisición, su vecino lo ve y le murmura a la esposa: “parece que a Juan -usted- no le va tan bien como pensábamos porque su nuevo auto no es tan caro como el nuestro”.  

Es posible que la apreciación de su vecino sea correcta y usted cuente con un auto de menor valor que el suyo. Si se juzga el éxito de las personas por el valor de su auto, entonces no hay duda de que su vecino es más exitoso que usted, aunque cueste admitirlo. En este juego, el auto funciona como un “atajo” para suponer el éxito de las personas, por tanto quien tiene el auto más caro, gana. Sin embargo, ese no es el juego que deberíamos jugar. 

Lo que no se ve a simple vista

La parte que muchos se están perdiendo es que usted podría haberse comprado un auto de USD 50.000, pero eligió uno que está por debajo de sus posibilidades para quedarse con USD 25.000 para invertir. Si compró acciones de Berkshire Hathaway, cuyo promedio histórico es del 20%, al cabo de 10 años usted habrá convertido ese dinero en USD 155.000 gracias al interés compuesto. Este sí es el juego que tiene sentido jugar, y hasta le permitiría superar ampliamente a su vecino, pero existen razones por las que muy pocos están dispuestos a jugarlo.

Al vivir en sociedad, sentimos una constante presión por sentirnos aceptados por los demás. Esto implica cumplir con las expectativas y los símbolos de estatus que los otros valoran, sea de vecinos, clientes, colegas y hasta de personas que todavía no conocemos, pero imaginamos la necesidad de gustarles en el futuro. Para mucha gente es tan importante este juego, que utilizan todos los recursos que tienen (y hasta los que no tienen) solo para esto.   

Comprarse un auto que está por debajo de nuestras posibilidades no es una decisión fácil. Al igual que no estudiar aquello que podríamos, o no trabajar de aquello que se espera, una decisión como ésta implica decepcionar (palabra que usó la CNN en su artículo) las expectativas de todos aquellos que usan atajos para juzgar el éxito de las personas -que son muchos e interactuamos con ellos día a día. Y todo ello, por perseguir un objetivo de largo plazo, que no se percibe ni valora hoy, sino solo a la larga y cuando el objetivo ya fue alcanzado. Existe siempre una tensión entre cumplir las expectativas de los otros en el corto plazo, y construir silenciosamente un mejor futuro. Al parecer, no es posible maximizar ambos aspectos al mismo tiempo.

Así y exactamente así funciona Wall Street, juzgando a las empresas por el grado en que cumplen las expectativas de los analistas, por el color del logo del último producto y por las modas, olvidando que una ganancia trimestral menor a la esperada, es a veces fruto de una cuidadosa decisión de sus responsables en asignar recursos que privilegien el largo plazo, a costa de incumplir con las expectativas de otros, como cuando una persona decide comprarse un auto que está por debajo de sus posibilidades, sin que nadie vea aquello que guardó para invertir. Por eso me gusta el ejemplo de Warren Buffett que tiene una casa y un auto muy por debajo de sus posibilidades, siendo al mismo tiempo el inversor más exitoso de todos los tiempos, tal como lo comentábamos aquí.

A diferencia de lo que ocurre con las personas, en Wall Street se pueden comprar empresas que han sido erróneamente juzgadas. Usted puede encontrar que cada una de las 10 empresas más grandes de la bolsa estadounidense, confesaron no ser complacientes con las expectativas de corto plazo y que justamente llegaron a donde están por haber prescindido de esto. Como consecuencia, afrontaron el desafío de ser mal-juzgadas prácticamente desde su nacimiento.

Por si no lo leyó, le recomiendo un artículo que publicamos hace algunas semanas sobre las palabras de Jeff Bezos, fundador de Amazon, en relación a su compromiso con no satisfacer los reclamos cortoplacistas de Wall Street. El artículo (puede leerlo aquí) retoma  la carta que escribió a sus inversores el mismo día que salió a cotizar en la bolsa de valores. Ésta es, tal vez, una de las mejoreslecciones de inversión que una persona podría recibir.

Como conclusión final, me gustaría compartir que creo que los atajos son necesarios para detectar oportunidades en la muchedumbre, pero no son suficientes. Luego hace falta analizar sin “atajos” aunque el cerebro diga lo contrario. En Wall Street se toman decisiones mayormente basadas en “atajos”, y eso genera severos desequilibrios que son aprovechados por el inversor atento.

Las oportunidades están para quienes pueden ver más allá de lo evidente (más allá del auto, más allá de los balances), aprovechando los errores que cometen aquellos que solo ven hasta donde sus “atajos” les permiten llegar.

Sebastian Ortega, Director Ejecutivo de South Ventures

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