Mal de muchos, consuelo de tontos

Dicen los ingenieros que “aquello que no tiene un punto decimal, no se puede medir” y mientras tanto, las empresas están dirigidas mayormente por personas (por ahora) a las que no hemos podido encontrarles el “punto decimal” (todavía). Tal vez sea por eso que muchos analistas financieros fallan reiteradamente en sus predicciones, por omitir toda información que no pueden incluir en sus complicadas fórmulas. Sin embargo, las personas juegan el papel más importante en el éxito de las empresas y consecuentemente, en nuestra propia rentabilidad. Ignorar la importancia de las personas es invertir a ciegas: nos puede ir bien o nos puede ir mal, pero no sabríamos cómo repetir éxitos ni evitar fracasos.

La semana pasada dejó su cargo el fundador y CEO de Uber, la startup más exitosa de nuestros tiempos que busca revolucionar la industria del transporte y que tanta polémica viene generando en todo el mundo. La noticia es más que relevante, porque desde sus inicios Uber superó todas las expectativas de crecimiento (habiendo nacido en el 2009, llegó a valer USD 70.000 millones en menos de 8 años) y es hoy uno de los jugadores más fuertes en el promisorio transporte de personas y de mercaderías con “vehículos sin conductores”. Pero su fundador acaba de irse.

Si Uber cotizara en la bolsa, la acción hubiera caído en picada instantáneamente, como pasó con la renuncia del fundador de Lending Club poco tiempo atrás; algunos analistas ya estarían recomendando COMPRAR acciones de Uber esperando un “rebote” y otros recomendarían VENDER esperando una “profundización de la caída”.

Sin embargo, la acción no cotiza en bolsa, y por tanto no existe un precio de mercado que refleje esta actualidad. ¿Cuánto cree que vale la compañía ahora que su fundador y CEO se fue? ¿Alguien podría estimarlo? Lo dudo mucho, ya que para eso sería necesario poder estimar en cuánto cambió el futuro de la compañía ahora que es conducida por un directorio de 14 miembros. Algunos dicen que el alejamiento del fundador es nada menos que un desastre, y sus inversores no pueden salirse de la inversión porque no hay un mercado en donde vender las acciones.

Es irónico que “la startup más exitosa de nuestros tiempos” se transforme, de un momento para el otro, en un verdadero dolor de cabeza para todos sus inversores. Yo pensaba que eso pasaba solo en las startups recién nacidas y que, a medida que iban madurando, esos riesgos tendían a desaparecer. Pero no es así. Esos riesgos están siempre presentes y quienes hoy lo padecen no son inversores principiantes: Uber fue financiado por expertos como Google y Goldman Sachs.

Probablemente usted imagine que mi intención en el día de hoy sea justificar errores propios alegando que los inversores más reconocidos también los cometen. Pues bien, es todo lo contrario. Como dice el dicho: “Mal de muchos, consuelo de tontos”. No importa si Google o Goldman Sachs, si Warren Buffett o mi vecino, si la mayoría o la minoría comete un error, si tomamos una decisión equivocada tenemos la plena responsabilidad por ella independientemente de la cantidad y la reputación de los otros inversores que siguieron el mismo camino.

Mi punto es que muchas veces se analizan las inversiones a partir de sus números únicamente, dejando de lado uno de los factores más importantes por el simple propósito de no saber cómo medir su impacto. ¿Cuál es este factor inmedible? Su gente.

Sin embargo, las empresas más valiosas del mundo están estrechamente ligadas a la fuerza y a la capacidad de visión que supieron obtener de sus fundadores: Steve Jobs en Apple, Brin-Page-Schmidt en Google, Bill Gates en Microsoft, Jeff Bezos en Amazon, Mark Zuckerberg en Facebook y Warren Buffett en Berkshire Hathaway. Las mismas oportunidades puestas en manos de otra gente, hubieran generado resultados completamente distintos.

¿Cómo se mide el valor que aporta una persona en el éxito de una compañía?

Le confieso que no he encontrado la manera de definirlo. No solo no sabría cómo ponerlo en una fórmula, sino que tampoco sabría cómo explicarlo con palabras. Warren Buffett dice que tiene en cuenta una combinación de virtudes: inteligencia, energía e integridad, pero eso tampoco especifica mucho.

Más allá de la definición, nos importa que el impacto que tiene una persona en el éxito de una compañía es inmedible, es decir, sabemos que es mucho pero no podemos calcularlo. Entonces, ¿cómo podemos proyectar la evolución de una empresa, cuando su factor más importante no puede ser medido? Bueno, le cuento algo que tal vez le sorprenda: con exactitud, no es posible.

La inversiones en empresas son imprecisas por naturaleza, ya que están cargadas de muchos factores inmedibles e impredecibles. Uno solo podría estimar un potencial estimativo en forma de rango (alto, medio o bajo) sin tener muchas precisiones. Pero si creemos que la rentabilidad de largo plazo de una empresa puede resultar de una fórmula, entonces nos estaríamos engañando.

Si alguien le asegura que una empresa tiene una Tasa Interna de Retorno (TIR) con un rendimiento del 16.3, desconfíe. Eso surge solo de una parte del análisis y sirve únicamente para tener una confirmación de las limitaciones (o malas intenciones) de quien hace este análisis. La persona que le da muchas precisiones, no es un “oráculo”, es simplemente una persona común que tiene el coraje de arriesgar una cifra que tal vez no se alcance nunca.

Es sabido que no nos gustan las imprecisiones, pero no podemos cambiar la realidad para adecuarla a nuestras expectativas, simplemente podemos adaptar nuestras expectativas para adecuarnos a la realidad, y ello significa aceptar la incapacidad de “medir” a las personas y de predecir acontecimientos futuros.

Si usted logra convivir a plena conciencia con las limitaciones que ofrecen las inversiones en empresas, va a tener mucho más éxito que quienes creen saberlo todo y presumen de sus predicciones aún cuando no sean más que meras especulaciones imprudentes. Mientras tanto, sepa usted que no es posible predecir casos como el que le ocurrió a Uber, no solo en empresas chicas sino también en empresas grandes; que algunas inversiones mejoran y que otras empeoran a lo largo del tiempo; que la imprecisión y la incertidumbre son amigos de los buenos inversores y enemigos de los ansiosos; que no tenemos todas las respuestas, y que aún así nos puede ir mejor que aquellos que dicen tenerlas; y que si hay algo que no entiende, mejor dejarlo pasar:

“no hay mejor forma de resolver problemas que evitándolos desde el principio.”

Sebastian Ortega, Director Ejecutivo de South Ventures

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