Pan para hoy, hambre para mañana

Seth Klarman dice que invertir implica un “cierto grado de arrogancia para confiar en comprar cuando los demás venden y para vender cuando los demás compran… pero combinada con humildad para reconocer cuando estamos equivocados”.

La arrogancia es una actitud que refiere al excesivo orgullo de una persona sobre sí misma, que la lleva a creer y a exigir que se le reconozcan privilegios por encima de los demás, como por ejemplo, creer que tiene razón y que todos los demás están equivocados. Es la compensación que ocurre en el ego por tener una autoimagen “inflada”, tal como describió la psicóloga Karen Horney.

La arrogancia es una de las características más fáciles de encontrar en las personas, y en el mundo de las inversiones hay muchos ejemplos de ello. El problema es que aquí esta simple característica de la personalidad puede costar pérdidas económicas no solo al arrogante sino también a los inversores a quienes aconseja o a quienes les maneja el dinero.

Recientemente compartimos el ejemplo de David Einhorn, fundador del fondo Greenlight Capital, que apostó a que un grupo de acciones consideradas muy caras bajarían de precio. Su jugada llamó la atención por su osadía, le valió entrevistas, conferencias, charlas en prestigiosas universidades (aquí puede ver el video de una de mis favoritas), y con ello consiguió el objetivo principal del 95% de los fondos de inversión: atraer dinero fresco de inversores sedientos de riesgos y de estrategias sofisticadas, tal como lo conversamos anteriormente.

Sin embargo, esa jugada salió mal. Las empresas a la que el gurú había apostado para la baja (AmazonTeslaNetflix), subieron en promedio un 50% y el fondo tuvo el peor año de su historia.

Pero lo más jugoso no fue eso, sino la explicación de porqué perdieron dinero quienes confiaron en él. En la carta que el fondo le envió a sus inversores mencionaba que el responsable de tomar las decisiones, David Einhorn, era un virtuoso jugador, pero que en los juegos a veces se gana y a veces se pierde… y esta vez “tocó” perder (vea la carta aquí).

Pero invertir no tiene nada que ver con tirar una moneda al aire y esperar a que caiga del lado que más nos conviene. Tiene que ver con evaluar, por medio de la razón, las chances reales que tenemos de ganar en el largo plazo.

Basta con leer un poco a los inversores más exitosos del mundo para saber que este tipo de prácticas son categóricamente desaconsejadas. El corto plazo es imprevisible y solo un irresponsable usaría dinero ajeno para hacer este tipo de apuestas que tienen más que ver con una jugada de casino que con las inversiones.

¿Por qué lo hacen? Como conversamos en el encuentro del Hilton, cuyo resumen puede encontrar aquí, principalmente buscan atraer dinero fácil de aquellos que están en búsqueda de retornos rápidos con estrategias sofisticadas. Pero además porque no tienen nada que perder: si el fondo gana, su administrador subirá al estatus de “super gurú” y recibirá los privilegios de la fama que los arrogantes buscan, pero si el fondo pierde son los inversores quienes perderán dinero, no ellos.

En la otra esquina, hay un pequeño grupo de inversores que suele no llamar la atención, que no hace apuestas osadas, que no pronostica, y que reconoce más el mérito de las otras personas (incluso de la suerte) que de ellos mismos. Solo están enfocados en una cosa: conseguir el mejor rendimiento para ellos y para sus inversores.

Pan para hoy, hambre para mañana

Administrar mucho dinero significa cobrar mucho más en comisiones. Por eso, es muy seductor para cualquier fondo de inversión hacer promesas sin muchos fundamentos y después explicar que “a veces se pierde” como en el caso del fondo Greenlight Capital.

Es por esto que encuentro mucho valor en la carta que Warren Buffett le envió a sus inversores sobre lo acontecido en el 2017. Algunos puntos claves de la misma fueron los siguientes:

  • Los principales logros del año pasado no fueron gracias a su mérito sino a que un cambio en el sistema de impuestos les agregó unos USD 29 mil millones en diciembre.

  • Incluye una explicación sobre lo que mira en las empresas a la hora de comprarlas: que tengan una ventaja competitiva que perdure en el tiempo, que tengan gestores calificados y capaces, que gocen de buenos retornos sobre sus activos, oportunidades para el crecimiento interno, y que se encuentren a un precio adecuado. Y que, a pesar de haber analizado muchas empresas, no hizo compras porque no pudo encontrar ninguna a un precio adecuado.

  • Comparte que una de sus empresas, Precision Castparts, sí hizo una inversión de la cual él no entiende mucho, pero que confía en las personas que tomaron esa decisión. Y remata: invertir en las personas es a veces más certero que invertir en activos físicos.

¿Usted imagina que quien le maneja su dinero le hable así de sus propias limitaciones y de logros de los cuales él no tuvo ningún mérito?

Con la sobrecarga de información que recibimos día a día, nuestra capacidad de atención resulta severamente perjudicada y se nos hace cada vez más difícil diferenciar qué es importante y qué es ruido. En ese contexto, es normal que encontremos destacados los comentarios más provocadores, las jugadas más osadas, y que recordemos más la imagen de quienes aparecen en la televisión. Pero lo que más sobresale no siempre es lo mejor. A veces lo mejor no sale a buscarnos, no grita más fuerte, ni se cree mejor que otros. O peor aún, cuando lo mejor no es arrogante, se nos hace más difícil reconocerlo aún cuando lo tenemos frente a nuestros propios ojos.

Por eso, desde nuestro lugar intentamos resaltar aquellos aspectos valiosos y convenientes para los inversores que no sobresalen por sí mismos, sino que forman parte de un grupo de atributos que hay que aprender a reconocer por otros factores, como su razonabilidad, su consistencia en el largo plazo, y hasta por su efectividad.

Como decía el Principito de Antoine de Saint-Exupéry: “lo esencial es invisible a los ojos”.

Sebastian Ortega, Director Ejecutivo de South Ventures

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